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Re-construcción: a un año de la catástrofe.

CASA

 

EL OFICIO ES UN CAMINO…

Chile es un país de catástrofes. Los hermanos de la comunidad originaria Cuno Kaweskar nos dicen que el Pillán está enojado con los hombres porque descuidamos la naturaleza, no prestamos oídos a su llamado.

Valparaíso ha sido destruido por el mar, los sismos y los incendios muchas veces. Se ha construido y reconstruido otras tantas veces. Hay una voluntad de existir.

El sismo e incendio de 1906 reconstruyó el plan y extendió la ciudad a los cerros que en abril de 2014 padecieron un incendio que destruyó 3.200 viviendas de esos sectores populares.

Desde los primeros días de la tragedia estuvimos presente cooperando voluntariamente con la gente en terreno. Hicimos esa opción privilegiando el apoyo más que el debate básicamente porque es un modo de ser de nuestra oficina. Nuestro aporte y nuestro aprendizaje se nutre de lo más concreto, de la experiencia sensible ante la emergencia. Entendemos la emergencia, no sólo en su acepción de urgencia, sino como el lugar desde donde emerge toda posibilidad, el momento donde lo nuevo está aconteciendo. En este caso la violencia y el horror de la tragedia dio pronto paso a la solidaridad, a la entrega voluntaria, al carácter y voluntad de los vecinos afectados y estar presentes es un privilegio que agradecemos.

Porque no sólo se pierde algo, en este caso lo material, sino fundamentalmente la memoria de una vida vivida, los recuerdos, las fotografías, la forma de trabajar la materia dándose un lugar en el mundo, a pulso, hecho a mano por hombres, mujeres y niños durante toda una vida. Eso se pierde y su reconstrucción es lenta y laboriosa. Lo que se gana y puede ser muy violento decirlo así, es una oportunidad de recomenzar, de filtrar, de elegir lo importante en la vida, de forzar a la memoria a recordar lo pasado e incorporarlo en el presente, de deshacerse de aquello que no es bienvenido, de los lastres que la costumbre acumuló. Pero este distingo no puede hacerse en soledad, tiene que hacerse acompañados, dando apoyo en lo material e inmediato por supuesto, pero esencialmente haciéndoles saber que cuentan con la compañía de quien puede ayudar a reconstruir. Eso es lo que intentamos con las personas y familias que nos abrieron su puerta y nos invitaron a conversar. La conversación proyecta su nueva vida, unas nuevas condiciones, otras formas, una nueva arquitectura.

Un proyecto es una conversación, unas expectativas y unos sueños que se cruzan con el peso crudo de una realidad muchas veces hostil, particularmente cuando al afectado de una tragedia se le violenta con acreditaciones y documentos que debe perseguir antes de iniciar siquiera su duelo. Un medio que desde las instituciones desconfía y pide una y otra vez acreditar, comprobar y demostrar con la promesa  futura de una ayuda.

Un proyecto se hace en las condiciones reales de vida de una familia. ¿cómo hacerlo cuando todo parece haber desaparecido? ¿cómo separar lo que es parte de la tragedia y el duelo de lo que es esencial a la vida de las familias? Hemos visto caso a caso que las respuestas son múltiples y complejas, que “cada uno es su cada uno” y que la belleza de la vida es esa infinita diferencia que no puede ser convertida en producto estandarizado ni fijado a una matriz estadística o de control de cualquier tipo.

La belleza de la ciudad, aún con sus miserias y sus pobrezas radica en una diferencia esencial: lo humano se expresa de muchas maneras. La vida se organiza buscando defender la vida. De ahí que las soluciones tipo, no son soluciones. Tipifican la diferencia, vuelven simplón lo complejo. No hay belleza en ello. No emerge lo nuevo. No resuelve o soluciona nada, particularmente cuando llega a destiempo, ya que ni siquiera puede resolver lo más precario y lo más urgente.

Nuestro equipo se dio a la tarea de buscar y desarrollar la diferencia. Cada familia, cada terreno es distinto, cada lugar reclama a su habitante. Cierto es que hay limitaciones, normas, costos y plazos, pero ello no es más que el escenario de una actuación. La actuación misma se la juega con el lugar y con las restricciones como medidas de un cálculo más preciso. Uno que hace única cada vivienda, cada proyecto y cada familia.

La participación no es un indicador ni un fetiche, sino la condición esencial desde donde lo arquitectónico puede surgir. ¿O acaso quien sabe más de su suelo, la luz y el sol, del correr de las aguas, del golpe de los vientos que quien ha habitado ya un lugar?, quien sino aquel que ha vuelto doméstico lo hostil, quien a aprendido a tratar con lo natural de una particular manera. Esa manera es la que buscamos y a esa manera queremos dar lugar.

Por ahora son proyectos de una vida mejor, son imágenes de una futura felicidad. Queremos convertirlos en obras, de obras en materia, de materia en lugar y de lugar en habitación.

Les dejamos cordialmente invitados a ver, escuchar, abrir, comentar, criticar nuestros proyectos para la reconstrucción, la consideramos una manera de aportar desde nuestro hacer y una manera de mantener un diálogo que se vuelve muchas veces ciego e impotente ante los efectos de realidad que no consideran la emergencia desde su condición poética. Valparaíso tiene un origen poético de muchas maneras, queremos mantener ese trabajo esencial como el permanente hacer de una ciudad en construcción.

La reconstrucción es una tarea cuidadosa y que se hace a mano, juntos, como iguales. En la callada escucha de lo perdido y en la alegría de lo porvenir.

Libro reconstrucción:

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